CARACAS, jueves 20 de noviembre, 2008 | Actualizado hace
Amé profundamente a mi abuela materna (la única
que conocí), y tuve la fortuna de que su vida fuera muy
longeva. Si las cuentas no nos fallan -por
aquello de que antes no había mucho control en el registro
de la natalidad, mucho menos en la lejana provincia- murió
sana a la edad de 99 años. Me impresionaba la tersura
y la suavidad de su piel, el que no tuviera ni una sola várice
en sus piernas que parecían las de una mujer joven. Ni
decir de su memoria: prodigiosa en lo remoto y con algunas
lagunas en lo reciente. Con una lucidez extraordinaria. Se
acordaba de cada uno de los detalles de su vida juvenil, de
la Mérida bucólica, de los grandes personajes locales
y nacionales de su tiempo. Suspiraba como una adolescente
cuando se acordaba de sus viejos amores, de lo apacible de
aquella ciudad, de la ingenuidad y amabilidad de la gente,
de las añejas tradiciones de una región profunda,
densa en sus manifestaciones culturales.
Aunque ya no salía desde hacía mucho tiempo porque
la vista le hacía malas pasadas (y ello representaba
un inmenso peligro para su seguridad), mi abuela centró
su vida de venerable anciana en su interioridad, en sus recuerdos,
y ello no fue motivo alguno para aislarse y romper con su
realidad. Todo lo contrario: cuando estaba en compañía
de familiares o de amigos gustaba de la amena conversación,
de contar anécdotas, de reírse a carcajada batiente
por algún cuento hilarante que relataba con minúsculos
detalles, con picardía, y con evidente goce estético.
La vida la había hecho sabia, visionaria, con un pensamiento
que iba más allá de la torpe inmediatez de los más
jóvenes, y sus consejos no se hacían esperar para
evitarnos dolores innecesarios en la vida. Contábamos
con su experiencia de mujer que les parió a mi abuelo
y al país -en casa con las fulanas comadronas- casi una
docena de muchachos.
Es inevitable, pero con la vejez llegan también la introspección
y la soledad. Recuerdo que cuando iba a visitar a la abuela
(aunque la llamábamos nona porque a ella le gustaba)
entraba sin causar ruido para saber qué hacía durante
todo el tiempo; para "espiarla" -si se quiere- en su apacible
y lenta cotidianidad (siempre me descubría porque había
aguzado el oído luego de perder la visión). La encontraba
sentada agachadita en su mullida poltrona, con una mano puesta
sobre su bastón, y con la mirada perdida hacia un infinito
que tal vez intuía muy cercano. Horas y horas en silencio,
posiblemente rememorando pasajes de su vida que le dejaron
huella perenne en su memoria. Muchas veces la descubrí
tarareando alguna vieja canción, o preguntándose
en voz alta por el "paradero" de algunos de sus descendientes,
o criticando molesta las "barbaridades" (así mismo decía)
que escuchaba a través de la radio o la televisión.
¡Cuánta falta me hace mi nona aun después de tantos
años de haberla perdido! Ella era el centro de la familia.
A su alrededor giraba la existencia de muchas personas y su
figura se hizo con el paso del tiempo emblema de la sindéresis,
del equilibrio, del sosiego existencial traducido en la felicidad
para todos. Aunque no se le contara los problemas para no
atormentarla, ella los intuía, y no descansaba hasta
que se le hacía partícipe de ellos, y de su solución.
Una vez que escuchábamos su opinión en torno algún
suceso que nos parecía terrible e insoluble, la cosa
adquiría otro matiz, otra perspectiva. Ella logró
-sin pretenderlo- ser el fiel de la balanza, el contrapeso
de la vida familiar, que sin su presencia hubiese tenido otra
connotación; quizás otro derrotero.
El día de la muerte de mi abuela fue uno de los más
terribles de mi vida. Sentí cómo nuestra existencia
se dividía en un antes y en un después. A partir
de entonces las cosas ya no fueron iguales. No nos reunimos
más todos (hijos, nietos, bisnietos, tataranietos) a
celebrar como antes los aniversarios, los cumpleaños,
y las fiestas de la Navidad. Su hermosa figura de anciana
respetable dejó de ser el eje de una larga tradición
familiar, que nos insufló durante muchos años a
cada uno de nosotros la energía para seguir adelante,
la fuerza para comernos el mundo, la determinación para
creer que la vida vale la pena a pesar de las dificultades.
rigilo99@hotmail.com
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