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CAROLINA JAIMES BRANGER
INGENIERA
El chef Carlos Walter Rodríguez Michelangeli es hoy
por hoy una de las "caras conocidas" de la ciudad de Boston.
El éxito del restaurante Orinoco, una iniciativa de Andrés
Branger Figueredo, que Carlos abrazó entusiasta, ha dado
sus frutos: el restaurante de comida latina acaba de abrir
su segundo local y los planes hablan de continuar las
aperturas en otros lugares de Estados Unidos.
Cuando Carlos decidió que quería ser cocinero,
este oficio, el de la cocina, no era algo glamoroso como lo
es hoy en día. Su papá quería verlo graduado
de médico o de ingeniero
Tuvo que romper paradigmas
y para ello contó con el apoyo y la complicidad de su
mamá, Trina Michelangeli, quien lo estimuló
a que siguiera sus instintos y sus sueños, ya que ella
hubiera querido ser pianista y su papá la obligó
a estudiar Biología. No quería repetir ese patrón
ya vivido por ella.
Cuando Carlos tenía catorce años, su hermana salía
con Franz Conde, quizás el primer chef venezolano de
relevancia, quien lo invitó a que fuera su aprendiz en
el restaurante Season's. Allí descubrió la pasión
que para él es cocinar. Luego hizo una pasantía
de verano en el hotel Caracas Hilton y pasó a trabajar
con Jean Paul Coupal, también de aprendiz, en el Primi,
uno de los restaurantes famosos para la época, donde
trabajó con el famoso chef Phiton. Sus pasantías
terminaron en el otro hotel de importancia en Venezuela, el
Tamanaco, junto con Laurent Turping.
Mientras perseguía su meta de convertirse en un gran
cocinero, Carlos trabajó "matando tigres": hasta fue
operador telefónico de una compañía de celulares.
Una beca meritoria, del Plan Galileo de Fundayacucho, lo llevó
al Art Institute de Fort Lauderdale, donde sacó un Bachelor
in Culinary Arts. La maestría la cursó en North
Eastern University. Allí obtuvo el Master of Culinary
Science.
El hoy chef recuerda las palabras de Leopoldo López
Gil, para entonces director de Fundayacucho, quien le dijo:
"Dale, que tú puedes".
Carlos fue el protegido de Douglas Rodríguez, reconocido
mundialmente como el creador de la nueva cocina latina. Aquí
cabe el refrán "Quien a buen árbol se arrima buena
sombra le cobija".
Actualmente comparte su tiempo entre Orinoco, el restaurante
con un nombre venezolanísimo; y Boston University, donde
da clases en la maestría de Culinary Arts. Pero también
tiene una actividad muy especial, que está dirigida a
los niños cuyas edades se encuentran entre 4 y 6 años
y que son estudiantes en las escuelas públicas de Boston.
Al hablar de su rutina diaria, Carlos explica que hace mercado
tres veces a la semana: "Quiero darle a la gente platos de
lujo sin que tengan que pagar precios suntuosos". Allí,
en Orinoco, la comida venezolana adquiere un toque internacional
sin perder su verdadero espíritu y su naturaleza. Uno
de los platos estrella de Carlos es la polvorosa de pollo,
donde se luce, imprimiendo en ella el orgullo de su país
a través de los sabores y el placer de hacer lo que se
ama.
Ése ha sido el éxito de Orinoco. Boston Magazine
lo coloca entre los mejores "affordable restaurants" y los
reconocimientos no cesan. Además, la cordialidad venezolana
es otro de los ingredientes importantes para un público
"gringo" en su mayoría: los comensales se sienten como
en su casa, los llaman por su nombre y les preparan sus platos
favoritos.
Y no puede ser de otra manera, porque Carlos siente que Orinoco
es su casa.
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LA HARINA QUE SE SALTÓ TODAS LAS FRONTERAS
Hace unas décadas, los venezolanos que vivían fuera
tenían que esperar la llegada de amigos o familiares para
saborear una arepa. Ellos llevaban como parte del equipaje paquetes
de harina PAN, que en ocasiones se convertía en el regalo
más preciado. Gracias a la globalización ya no se
les añora porque ese ingrediente se puede encontrar en
cualquier supermercado. Los que iban a Madrid, al visitar El
Corte Inglés se quedaban asombrados de ver la bolsa amarilla
en el estante, y hasta se tomaban fotos para que al llegar a
Venezuela nadie dudara de su palabra. Castroni, una de las tiendas
de exquisiteces más famosa de Roma, también la tiene
entre sus ingredientes. Y qué decir en Estados Unidos,
se encuentra en cualquier local donde se vendan productos latinos.
Hasta en la distante Australia los venezolanos pueden desayunar
el domingo con una arepa calentita. Quizás la omnipresencia
de este producto en el mundo haya contribuido a que el pan nacional
ya no sea propiedad exclusiva de los venezolanos.
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